Chile camino a su propio Brexit

Desde los inicios de la revolución insurrecional de octubre, revolución molecular (Guattari, 1977), y luego del pacto de rendición –a la agenda Bachelet II– por parte de los partidos del sistema político formal, la aceptación al cambio de la Constitución ha quebrado su tendencia hacia la unanimidad.

Los sistemas de encuestas –ligados a los sostenedores del poder hegemónico– se han visto tocados por la crisis en el campo de la opinión y la fluidez de la posmodernidad, prueba de ello mientras las encuestas –más confiables– daban por perdedores a Trump, Bolsonaro, Brexit, entre otros, los mismos ciudadanos terminaron por revertir los fenómenos discursivos que establecieron los aparatos ideológicos del estado (Althusser, 1970). Tan así, que a nivel local no ha habido cabida alguna para políticos nuevos, post-consenso socialdemócrata, pero que hoy hacen política a través de redes sociales, publicando artículos, promocionando videos, dando charlas o escribiendo en diversos medios alternativos y algunos internacionales.

La ceguera del sistema político chileno, que no logra encauzar el fenómeno revolucionario en la actualidad debido a sus lógicas de política de consensos, tratada en clave noventera, hacen que este fenómeno se siga expresando de las más diversas maneras y entrando más fuertemente en el sentido común de los ciudadanos hacia el rechazo de la gestión política de todos los conglomerados formales ¿será una oportunidad para algún liderazgo nuevo? Lo veremos en el transcurso del proceso revolucionario, que a la fecha no manifiesta señales de solución en corto plazo.

Preocupante es que los jóvenes entre 18 a 29 años del país en su mayoría apoya la movilización todo el tiempo que sea necesario (UNAB, 2020), es decir, una generación que siquiera ve las consecuencias de vulnerar las actividades de terceros, privilegiados que no vivieron la realidad de la pobreza. Lo anterior es una señal de alarma para el sistema político democrático en general, y que refleja una desconexión absoluta con el ciudadano común que requiere de largas horas de trabajo para desarrollar su vida y, en buen chileno, “llevar el pan a casa”.

La apabullante opción del apruebo en sus inicios, ante la inacción de los ciudadanos de sentido común y el miedo, ha mostrado un cambio de dirección, fenómeno que puede generar sorpresas en el futuro próximo y los oportunistas de algunos partidos han ido cambiando sus posiciones en virtud de lo que escuchan o van sondeando de sus electores. Por otro lado en redes sociales (encuestas no representativas) se ha demostrado que las más importantes están dando respaldo a mantener la Constitución Política, e instituciones espontáneas de la sociedad civil ya tienen despliegue en todo Chile explicando la importancia de nuestra Carta Magna.

El 26 de abril Chile se jugará su propio Brexit, esa opción que nunca estuvo en el visor de los políticos ni en los que controlan los medios de opinión ni las encuestas. Es la oportunidad de capitalizar un nuevo orden, quizás el primer paso para nuevos liderazgos contrarios a la hegemonía global progresista de izquierdas y derechas que nos tiene con camisa de fuerza hace más de una década para el progreso de Chile.

Andrés Barrientos
Fundación Ciudadano Austral