Las enseñanzas de Chernóbyl a tres décadas de la tragedia*

1986 fue un año particularmente noticioso y con eventos que conmovieron al mundo entero y a Chile; Tragedia del Challenger, la Mano de Dios, atentado terrorista contra Augusto Pinochet. Pero hubo un hecho que marcó a una generación y que continúa afectando a millones de inocentes: El incendio en la central nuclear Chernóbyl, en la actual frontera entre Ucrania y Bielorrusia, que comenzara el 26 de abril de dicho año.

Cuando ya han transcurrido treinta años, para quienes no habíamos nacido en aquella época, hablar de Chernóbyl es remitirse a la memoria que nos pueden contar nuestros padres o abuelos y uno que otro reportaje de televisión que relata cómo en aquel momento el régimen de la Unión Soviética mantuvo su característica política hermética de no informar respecto a lo que realmente estaba sucediendo en la central.

Cifras y datos se pueden entregar por cientos, decir que el accidente liberó al medioambiente el equivalente a más de 450 bombas atómicas como las de Hiroshima es sólo un guarismo que se puede encontrar en cualquier libro de estadística, la enseñanza que debemos buscar en Chernóbyl para el futuro es entender que la burocracia, que un comité de políticos no puede quedar al mando de un tema de suyo específico y delicado como es el tratamiento de la energía nuclear, menos aún, liderar el proceso de contención de un accidente.

En la época en que el poder soviético desplegaba su sombra de terror sobre el mundo, la vida cotidiana dentro del país giraba en torno a cómo esquivar el trabajo, a evadir responsabilidades, evitar ser víctima de la policía política y por supuesto, a sobrevivir. Uno de los  mecanismos para sobrevivir que tenían los trabajadores de las construcciones era el robo de material para luego venderlo en el mercado negro, y con ello obtener un ingreso extra por sobre el pobre sueldo que recibían de parte de las empresas estatales.

La primera primera causa de Chernóbyl se debió a que fue construida por debajo de los estándares de calidad de las centrales de occidente, porque los materiales no alcanzaron, ya sea porque los planificadores centrales no los aprobaron o bien porque durante el proceso de construcción fueron robados.

Luego del accidente, mientras en el reactor se sucedían reacciones en cadena, a nivel político se trataba de errores en cadena, miles de personas desplazadas, desinformadas, contaminadas con radiación y enfermas, todo eso aún sigue afectando a los habitantes de Ucrania y Bielorrusia.

Bien construidas, con expertos al mando y no con un buró político dirigiendo, las centrales nucleares no son dañinas. Pero la humanidad tuvo que vivir la triste experiencia de Chernóbyl, con sus cientos de miles de víctimas y con tierras que por siglos no podrán ser habitadas por personas, porque un grupo de políticos, muy arrogantes, creyeron que sus planificaciones en el Kremlin eran suficientes para administrar al “átomo de la paz”.

La Premio Nobel de Literatura de 2015, Svetlana Alexévich nos recuerda con su libro “Voces de Chernóbyl” a esos trabajadores que fueron llevados bajo engaño a la central para unirse a los equipos que intentaban controlar la emergencia; ella también nos muestra con nombres y apellidos a las víctimas, sus historias y cómo fueron condenadas de por vida a vivir una vida que no eligieron.

Se pueden escribir muchas más palabras sobre Chernóbyl pero a tres décadas del accidente sólo queda asimilar las enseñanzas y no volver a repetirlas en el futuro.

*Columna publicada en abril de 2016

Javier Silva Salas